Mira, el sanjuanino por el mundo

Hoy Nepal – Primera Parte

El paisaje cambia. Ya no hay interminables desiertos, ni monumentales construcciones, ni impresionantes islas artificiales. Los profundos océanos y las masas desérticas dejan paso a las grandes cadenas montañosas. Bienvenidos a Nepal.
domingo, 15 de marzo de 2020 · 09:58

El vuelo es tranquilo. Son algunas horas en donde además cambia el modo horario. Acá nacen algunos de los ríos más grandes del mundo como el Yamuna, el Ganges, el Indo, el Brahmaputra y el Yangtsé a cuyas orillas viven más de 1.300 millones entre India, Nepal, China, Bután y Bangladesh. En ésta zona se concentran las montañas más altas del mundo, con 9 de los 14 picos por encima de los 8.000 mts, como el Everest en el Himalaya.  Su nombre proviene del sánscrito significa “La Morada de las Nieves.”

Hace algunos años, el documentalista español Fernando Ezquerro Palacios presentó su trabajo fotográfico que realizó en ésta zona durante unos 7 años, recorriendo algunos rincones de la cordillera para captar con su cámara la huella cultural e histórica de los antiguos reinos de Nepal, Ladakh, Zanskar, Mustang, Sikkim, Tíbet y Bután. Sus páginas recorren paisajes, retratos, monumentos, actividades cotidianas, fiestas y religiosidad que impregna todo el Himalaya a través del budismo. Si tenes oportunidad te recomiendo que lo veas. Acá un adelanto

Nuestro viaje nos trae a Katmandú, la capital de Nepal y lo primero que encontramos al llegar al aeropuerto es una larga fila de turistas pugnando por sacar la visa para ingresar al país. La idea de mucha gente se quedó estancada en las décadas del 60 y del 70 con los designios del Flower Power, en donde los hippies venían a Katmandú solo para consumir opio, hachís, heroína y marihuana, para luego perderse en un mantra en algún templo en las altas montañas. Todo eso quedó atrás. Nepal hoy se abrió al Occidente después de un prolongado ostracismo. Hoy llegan turistas de todo el mundo sin ningún otro motivo que dejarse deslumbrar por el país.

Época de monzones y nos reciben las lloviznas. La diferencia horaria entre Argentina y Nepal la diferencia horaria es de +8,45. Sí, es algo raro, así que siempre es muy difícil saber qué hora es del otro lado del planeta. Al salir del aeropuerto, evitando taxistas, vendedores, y arribistas que se abalanzan sobre nosotros para ofrecernos cosas, aparece un cartel con nuestros nombres y nuestro guía Diamond está ahí esperándonos. Una persona muy amable, que no sólo nos enseñó su ciudad y su cultura, sino que también muchas veces actúo como guía con otros turistas, en varios ascensos a los picos más elevados de Nepal.

Tras los recibimientos y presentaciones, comenzamos el periplo por la caótica Katmandu. Las personas se juntan en las esquinas, los semáforos no existen y las bocinas se multiplican, las calles son desiguales, los rickshaws y las motos luchan por buscar un lugar por donde meterse, los minibuses llenos de gente corren y los animales sueltos también lo hacen. Si hay una vaca acostada en el medio de la calle, todos le pasarán por al lado, sin molestarla. Ella entorpecerá el tránsito hasta cuando quiera moverse. Las vacas acá son sagradas y pueden circular por donde quieran. Pienso, “menos mal que ellos conducen, porque si hubiéramos alquilado un coche, estoy seguro que lo devolvemos hecho pedazos y nosotros con los nervios destrozados. De Nepal derecho al manicomio”.

Namaste!, te saludarán al pasar, juntando sus manos en el centro del pecho e inclinando la cabeza. Este saludo es habitual entre quienes practican yoga, pero en éstos países es una expresión de respeto, agradecimiento, bienvenida, despedida o un saludo de buenos deseos y augurios. El gesto significa “me inclino ante ti”, o “un saludo a tu dios interior”. Al ver la cordialidad de los nepaleses retribuyes de la misma manera. El Namaste, se quedará con nosotros por siempre y lo agradecemos.

No es extraño que la tierra que vio nacer a Siddhartha Gautama “Buda” en el año 543 a.C, que alberga al Everest y venera a la diosa viviente Kumari, sea un lugar de culto entre los viajeros. Debido a su estratégica posición geográfica entre los dos colosos: India y China, tanto la historia como la cultura y la lengua de Nepal son una síntesis de las influencias de los pueblos mongoles del norte de Asia y los caucásicos de la India. La mezcla entre el budismo tibetano y el hinduismo es tan poderosa que más de una vez resultará complejo diferenciarlas. Y acaso por esas características sobre su naturaleza, un reino tan remoto y fascinante como Nepal ostenta una capital no menos luminosa. Desde hace más de cien años se dice: “Katmandú es una ciudad con tantos dioses como habitantes y con tantos templos como casas".

El país cuenta con una gran variedad de territorios, que abarcan desde selvas húmedas hasta las altas montañas. Su bandera, creada en 1962, es la única del mundo formada por dos triángulos que simbolizan el Himalaya y sus religiones: el budismo y el hinduismo. El rojo representa a su flor nacional y el azul es símbolo de paz, la Luna representa a la Casa Real y el Sol a la dinastía que dirigió el país hasta 1961. La ciudad es atravesada por el río Bagmati que fluye hacia el suroeste a lo largo de todo el valle de Katmandú, uniéndose más adelante al Ganges, el río sagrado del hinduismo.

Esa tarde caía una suave llovizna pero igual tomamos un taxi y salimos a visitar un sitio llamado Thamel que es un lugar muy concurrido por el turismo, con bares, restaurantes, bandas en vivo, vida nocturna y tiendas que venden desde artesanías hasta coloridas joyas, desde inciensos hasta perfumes y especies y sobre todo equipamiento de montaña y trekking.

Salimos del hotel e intentamos cruzar la calle. Imposible. Por esa calle angosta pasaban cientos de coches, rick shaws y motos a toda velocidad sin dejar pasar a nadie. Hay que arriesgarse a cruzar y ninguno se detiene. Te moves un poco y los coches pasan cerca tuyo. Estás en el medio de la calle y viene hacia vos un bus cargado de gente tocando bocina. Avanzas un poco, frenas, esquivas cual torero a los coches en el medio de la calle y seguís. No hay semáforos, ni policías de tránsito. Nada. Solo la aventura en el cruce.

Antes de llegar al Thamel, el chofer realiza una mala maniobra en velocidad. Un policía lo advierte y lo detiene, mientras le reclama, le grita, lo maltrata y gesticula en un idioma que no entendemos, se acerca al coche y le vuelve a gritar al chofer, apuntándole con el dedo y amenazándolo. Luego mete la mano por la ventana y saca las llaves del coche. El chofer pide disculpas y reconoce su error. El policía le sigue gritando y no le devuelve las llaves. Nosotros quietos y callados en el asiento trasero, sin saber qué hacer. El policía como si nada. Después de 10 minutos de gritos, retos y amenazas, devuelve las llaves del coche y el chofer arranca con cara de asustado. Seguimos viaje.

La llovizna sigue. Bajamos del coche a caminar un poco por ahí y mientras esquivamos el barro de la calle, un hombre se me acerca y al oído me dice: “hachís, good quality”. “No thanks”, fue mi respuesta. Veo que la tradición de los hippies de venir a Katmandú a volar se cumple. La lluvia se vuelve más intensa y casi no hay nadie en las calle. Se frustran nuestras ganas de cenar y comprar algo. Volvemos al hotel con el mismo taxista que se había quedado por ahí, pero ésta vez más tranquilos y a menor velocidad.

Volvimos a Thamel al día siguiente y caminando descubrimos los perfumes a cada paso. Las especias y los sahumerios encendidos te invaden. Paramos en una tienda de especias y el negocio comenzó. Como sabemos, toda transacción en ésta zona comienza con una taza de té, en donde vendedor y comprador se conocen, charlan, discuten, comercian y regatean. El vendedor se tomará todo el tiempo del mundo para hacer que te sientas cómodo, atendido, escuchado y que dejes tu dinero en ese negocio. El té común sabe a nada, pero si le agregas un toque de masala o unas semillas de cardamomo, es un placer. Al final, salimos cargados de especies que ellos te envasan al vacío para que puedas transportarlas en avión. El centro histórico de la ciudad y los barrios vecinos presentan el mismo diseño desde hace años: construcciones bajas con balcones tallados en madera, pequeños negocios en la calle, vacas comiendo de la basura, rick shaws circulando por calles embarradas y angostas y mucho ruido, que al principio es ensordecedor pero de a poco te acostumbras. Lo que es un caos después pasa a ser parte de la cotidianeidad del lugar.

Te doy un dato? Nunca le preguntes a un vendedor de Bansuri o flauta nepalesa cuánto cuesta porque no te lo despegas más. Uno nos persiguió 5 cuadras, tocando la bendita flauta, girando alrededor nuestro, solo para vendernos una flauta y cada vez con un precio inferior al anterior. No había forma de decirle que no queríamos comprar nada. Le dije en español “te voy a comprar esa flauta pero sólo para empalarte con ella, así que basta!!. Fue la única vez que un vendedor callejero nos hartó.

Alejados ya del tedioso vendedor de flautas, vamos hacia la zona de Durbar (que significa Palacio), situada frente al antiguo Palacio Real de Katmandú. Allí se encuentra Durbar Square que junto a los demás Durbar de las ciudades vecinas de Patan y Bhaktapur, fueron declaradas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, junto a los templos de Pashupatinath y Changuranarayan y las estupas de Swayambu y Boudhanath. En la antigüedad, el valle de Katmandú estaba formado por éstas ciudades y allí se concentró luego el centro histórico de Nepal, con varios templos y palacios que testimonian la habilidad de los antiguos artistas y  arquitectos del reino.

Entre los años 1600 y 1700, estas tres ciudades eran tres mini reinos independientes de la etnia Newari, que contaban con su propio rey, palacios y viviendas especiales para las castas altas, por lo que muchos de los edificios que hoy existen datan de esa época y muchas de esas áreas se convirtieron en Square o plazas abiertas para visitantes. La plaza de Durbar es el corazón del Katmandú antiguo y un lugar muy relajado con templos con forma de pagodas que rodean y abrazan a la plaza.

En 1768, Prithvi Narayan Shah, procedente del reino de Gorkha, conquistó el valle y estableció su capital en Katmandú. La nueva dinastía, que reina hasta hoy, unificó al país y fijó como oficial el nepalés, que reemplazó al newari. Katmandú es conocida como “La Tierra de los Dioses”. Llena de esculturas, pagodas, estupas y edificios de excepcional belleza, pero sobre todo cientos de templos y altares que encontras incluso dentro de un árbol hueco. Todos tendrán una imagen dentro cubierta de pétalos de flores, inciensos y polvos rojos que representan la pureza.

La semana que viene les contaremos más de ésta fantástica tierra. Los esperamos.

silviayoscarporelmundo@gmail.com

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