OPINIÓN

Hacia adelante, todo por descubrir

¿Qué significa no volver a clases o directamente perder el año escolar? En lo profundo, supone que en algún momento pasará la peste y los chicos podrán regresar a su rutina previa al 16 de marzo tal cual era. Parece bastante improbable.
martes, 7 de julio de 2020 · 12:36

Fue automática y espontánea la respuesta. Al unísono, cada mensaje enviado a Canal 13 fue en contra. Cada papá y cada mamá que escuchó al ministro de Educación Felipe De los Ríos hablar del regreso a clases en agosto, se manifestó con temor. Y así como el funcionario anunció los avances del protocolo para la reapertura de las escuelas, las familias, algunas de ellas, también anticiparon que no se sumarán a este punto bisagra. Aún pagando el costo de perder el año, de repetir el grado. La relatividad de lo académico quedó absolutamente expuesta, frente a la salud. Para aprender siempre habrá segundas oportunidades.

Ahora, ¿qué significa no volver a clases o directamente perder el año escolar? En lo profundo, la postura cuidadosa de muchos de los papás y mamás que cotidianamente se expresan en esta pantalla, supone que esperando el tiempo suficiente, habrá garantías otra vez. Es decir, que la pandemia en algún momento pasará y los chicos y chicas podrán regresar a su rutina previa al 16 de marzo, primer día de cierre de las aulas en todo el país, casi como si aquí no hubiera pasado nada. A decir verdad, imaginar un escenario semejante parece bastante aventurado.

Se mostró respetuoso el ministro De los Ríos acerca de los papás y las mamás que no quieran enviar a sus hijos a clases presenciales y opten por seguir con la virtualidad. Dijo que habrá margen para admitir esas decisiones personalísimas, aunque visto desde afuera cueste bastante entender cómo se acomodará el sistema para evaluar el aprendizaje con tantas nuevas curvas y contracurvas. Y fundamentalmente, con tanta diversidad ya no solo entre escuelas sino entre los propios compañeros de un mismo curso.

La postura oficial entonces es no presionar. Es marchar decididamente hacia la reapertura de las escuelas con protocolos suficientes y acomodados a la nueva realidad, en la plena convicción de que será más o menos permanente. Y este es el punto clave de la discusión, posiblemente el que todavía no se abordó de manera suficientemente clara. No enviar a los chicos a clases en lo que resta del año, esperando que 2021 venga con vacuna contra el Covid-19 y repentinamente la pandemia sea un mal recuerdo, sería tanto como montar la vida sobre una fantasía.

Olvidarse súbitamente de los tapabocas y del distanciamiento social, del lavado frecuente de manos, de la higiene obsesiva de los espacios, no aparece en ningún plan de los que diseña cada área de Gobierno. Y esto es así, básicamente, porque el mundo entero está atravesando por los mismos intentos fallidos. Naciones que consideraron superada la peste, se encontraron con rebrotes, con episodios que nadie calculaba. O que habían preferido no calcular.

No, esperar que pase para retomar la vida normal, no parece la respuesta. Y está claro que el miedo no es zonzo, como dice el saber popular. Familias enteras están resueltas a no arriesgar a sus hijos e hijas, pero tampoco a convertirlos en vectores del germen para llevarlos de las escuelas a sus hogares, poniendo en peligro a los adultos mayores, a los inmunodeprimidos que se encuentran en casa. Es absolutamente entendible y hasta lógico. Pero también resulta necesario empezar a entender que esta nueva normalidad llegó para quedarse, al menos durante un tiempo prolongado. Que nadie la eligió, simplemente se convirtió en la marca de toda una generación. Y que el final todavía está abierto.

Ese final abierto es el que puso al gobierno de la provincia a construir un nuevo horizonte. El que había, el que fue, ya no será nunca más. La edificación de esta nueva normalidad, permanente, apropiada y ajustada a los tiempos que corren, frente a la amenaza latente de una enfermedad contagiosa e inmanejable, es el camino elegido para seguir adelante. La parálisis no es opción. Nunca lo fue. Quedarse inmóvil a esperar que pase el temblor, al estilo Soda Stéreo, empieza a rozar la ciencia ficción.

El Centro Cívico es espejo de esta nueva normalidad rara. La disposición de atender al público en doble turno, de que los estatales cumplan tareas en la mañana algunos y en la tarde otros, es una medida de largo plazo. Fue acordada con los sindicatos sin mayores diferencias, porque se entendió luego de tres meses que ir a trabajar algunos días sí y otros días no, no alcanza. Y que debe haber mejores maneras de acomodar el funcionamiento del Estado para los tiempos que vienen. Para el presente indefinido.

Los planes de aquella normalidad previa a la pandemia, se alteraron por completo. Serán 12.000 alumnos del primario los que volverán a las aulas de forma presencial en 357 escuelas y quedarán todavía pendientes otros 60.000, aguardando el resultado de esta primera experiencia. Regresarán a la presencialidad unos 8.000 estudiantes secundarios, de 48.000 que son en total en los 19 departamentos. Habrá que entender que es el camino. Que requiere enfrentar los miedos. Usar el temor como anticuerpo, sin permitir que paralice la vida cotidiana. Hacia adelante, queda todo por descubrir.


JAQUE MATE